dimecres, 2 de juny de 2010

Soldevila-Leveroni: amor postal

Jordi Amat

Profesor casado embelesa a joven fascinada por la sabiduria del maestro. La escena salta del aula a la privacidad del despacho y la siguiente, si se presta, del despacho a la intimidad de la cama. No hay claustro que no tenga su vodevil, su novela eròtica o su tragèdia de amor. En el catalogo de la infidelidad docente (propongo esta etiqueta), llegados a este punto, se multiplican las variables: del encuentro esporádico al divorcio pasando por e! consentimiento o ia relación furtiva mas o menos larga. Este es el caso del affaire, ya conocido, del histo­riador Ferran Soldevila y la poeta Rosa Leveroni, amantes durante más de tres décadas como docu­menta este epistolario y como registraron sus dietarios. El curso 1930/31 ella quedó prendada cuando asistió a sus clases en la Escola de Bibliotecàries y dos años después ya colaboraba con él.

Las primeras cartas se las cruzaron entonces y el tono profesional entristecía a la joven, que las releía buscando señales de amor (como registraba en sus papeles privados, sabiamente extractados por los editores). De vez en cuando Soldevila dejaba caer una floreta, pero sin colmar la ansiedad de una mujer que tendía a la tortura interior. «És terrible esperar cada dia el car­ter...» Los amantes no ahondaron en sus sentimientos a través de las cartas (solo al final Soldevila se desparrama recordando encuentros sexuales). Las convirtieron en un canal para saber el uno del otro pe­ro sin expresar casi nunca aquello que sentían. Podían hablar de la salud, viajes y vacaciones. Pero poco más. Durante la primera posguerra, en francès y muchas veces en clave, la relación epistolar se conso­lidó. El tema principal era el exilio de Soldevila y su falta de seguridades para afrontar el futuro. Instalarnos en esta preocupación com­partida es uno de los intereses del libro. Otro es constatar el maestrazgo literario que el historiador ejerció sobre una Leveroni que le mandaba sus poemas regularmente.

En 1935, en posdata, como quien no quiere la cosa, el historiador informaba que su esposa «va tenir l'excepcional curiositat de llegir la seva carta». Para que no volviese a ocurrir, Soldevila rompió muchas de las cartas y hasta el último momento guardó las formas. «Quan m'escriguis, fes-ho amb un nom fingit i dóna-hi una falsa adreça», le pidió en la última. Era el verano de 1969. Ella tenia 59 anos, él 75 y estaba gravemente enfermo. Toda una vida.

[Suplement CULTURA/S de La Vanguardia, dimecres, 2 de juny de 2010]